Curiosidades: parece cosa definitiva que se pierden los Astilleros de Huelva para conservar los de Sevilla. En fin, lo que siempre habíamos dicho. Repito lo que decía la semana pasada: un partido fuertemente andaluz, sin miedo a cuál deba ser el final al que haya que llegar en cuanto al autogobierno, no habría permitido que una parte de Andalucía tuviera que doblegarse al interés de otra, tal como hace el PSOE, partido que desde el primer momento demostró su vocación sevillanista por encima de los intereses del conjunto de Andalucía. Cuando el Tribunal Constitucional hizo pública la sentencia sobre el Estatuto catalán reformado, pareció como si el Estado hubiese entrado en crisis cuando, en realidad, sólo era una de las claves que señalaban en esa dirección y me parece que la pérdida de una naviera como Astilleros de Huelva es otra en la dirección de nuestro fracaso económico. Repetimos otro ratito: el régimen español es corruptible y como consecuencia, está corrupto. Vivimos una administración de la cosa pública tendente a que determinadas familias políticas y, a veces, no tan políticas, manoseen ese objeto a su gusto e interés. Las políticas económicas fracasadas han llevado a millones de ciudadanos a encontrarse sin empleo o en ERTES sin que la masa social vea la necesidad de movilizarse. Los sindicatos, convertidos durante años en correa de transmisión de esas políticas, quisieron justificar su impostura con la convocatoria de una huelga general en la que ya vimos qué pasó. Los pensionistas ven tocados los derechos garantizados por el Pacto de Toledo y los funcionarios asisten a cómo el patrón (el Estado administrado por el PSOE), reduce sus emolumentos. Una vez más, las conciencias no se ven especialmente conmovidas. A su vez, hemos visto como ingentes grupos enfervorecidos ondeaban una enseña a la que nunca habían prestado la más mínima atención. El triunfo de la ceremonia de la distracción ha paseado su orgullo en el tremolar del rojo y el gualda y el embotamiento y embobamiento generales mientras la crisis moral sigue pasando desapercibida.
Entiendo el miedo a reconocer que eso pasa realmente y que dé vértigo acometer el rearme moral, porque eso implica un cuestionamiento que va de lo particular a lo general y de lo social a lo político. Sí, el Estado está en crisis: son múltiples los indicadores que lo confirman y esa crisis sólo podría arreglarse con la refundación del Estado mismo, desde la fórmula de la jefatura hasta la composición territorial, pasando por una nueva ley electoral, de partidos, de sindicatos y modos de control que minimicen las posibilidades de corrupción. ¿Hay algún político que quiera hacer este trabajo? Sinceramente, creo que hoy no.
Entiendo el miedo a reconocer que eso pasa realmente y que dé vértigo acometer el rearme moral, porque eso implica un cuestionamiento que va de lo particular a lo general y de lo social a lo político. Sí, el Estado está en crisis: son múltiples los indicadores que lo confirman y esa crisis sólo podría arreglarse con la refundación del Estado mismo, desde la fórmula de la jefatura hasta la composición territorial, pasando por una nueva ley electoral, de partidos, de sindicatos y modos de control que minimicen las posibilidades de corrupción. ¿Hay algún político que quiera hacer este trabajo? Sinceramente, creo que hoy no.
Publicado el 15 de octubre en el diario EL MUNDO HUELVA NOTICIAS, en EL LABERINTO, mi columna semanal