Andalucía continúa sumida en una situación bostezante, de tal suerte que sólo será la providencia la que evite que dicha condición se prolongue ya que los andaluces no han parecido dispuestos a hacerlo. Un instrumento eficaz para romper el status quo sería una formación nacionalista creíble, pero, de hecho, no tenemos formación nacionalista en sentido estricto. Cuando tras el pacto constitucional del ’78 Andalucía se ganó el derecho a estar entre las comunidades de primera, desperdició aquel acontecimiento. El PSA de entonces, que tanto ayudó a la creación de conciencia nacional andaluza, cometió errores de los que hasta ahora no ha sido capaz de recuperarse y el PA sigue pagando el precio de aquellas y otras culpas cometidas en el camino. Ausente de un partido de conciencia nacional con proyección social, Andalucía vive en el bloqueo que caracteriza a la mayoría del Estado. Dicen algunas encuestas que si en este momento tuviésemos elecciones autonómicas, el PP obtendría la mayoría absoluta. Ojalá eso se convierta en realidad, porque en nuestro territorio aún no se ha producido el turno tan necesario para la higiene democrática. Pero esas mismas encuetas también dicen que en Huelva se produciría un empate técnico entre las dos formaciones centralistas, siendo incapaz el electorado onubense de abandonar a su suerte a un partido (PSOE) que lo tiene castigado a la falta de infraestructuras y al desempleo.
Si Andalucía hubiera disfrutado de una organización nacionalista de cultura emancipadora, moderna y superadora de los estereotipos, luchadora por una estructura territorial compensadora, capaz de animar a las capas inversoras a hacer patria y al tejido productivo a sentirse solidario desde las capacidades individuales; beligerante con el poder central cuando los interese andaluces se han visto agredidos; mostrando a la gente que hay un camino distinto al de las subvenciones, que hay más gozo en producir, cada cual desde su ámbito, que en recibir continuamente –porque recibir continuamente nos esclaviza -; que nadie inventó el nacionalismo andaluz y que no debemos culto a la personalidad de ninguno; que somos agradecidos a lo que cada cual aportó, pero que ni el pensamiento ni el pronunciamiento de otros sobre los símbolos ni nuestra cultura nos obligan; que queremos la responsabilidad de gobernarnos en toda la extensión de esa expresión y que no tenemos miedo a hacernos cargo de nosotros mismos; que estaremos sólo con quienes nos quieran y respeten como somos; … Pero Andalucía no posee algo así y, entre desanimada y perezosa, se condena a sí misma a ser apéndice de un poder injusto y alienador.
Publicado el 8 de octubre de 2010 en el diario EL MUNDO HUELVA NOTICIAS en el espacio EL LABERINTO, mi columna semanal
Si Andalucía hubiera disfrutado de una organización nacionalista de cultura emancipadora, moderna y superadora de los estereotipos, luchadora por una estructura territorial compensadora, capaz de animar a las capas inversoras a hacer patria y al tejido productivo a sentirse solidario desde las capacidades individuales; beligerante con el poder central cuando los interese andaluces se han visto agredidos; mostrando a la gente que hay un camino distinto al de las subvenciones, que hay más gozo en producir, cada cual desde su ámbito, que en recibir continuamente –porque recibir continuamente nos esclaviza -; que nadie inventó el nacionalismo andaluz y que no debemos culto a la personalidad de ninguno; que somos agradecidos a lo que cada cual aportó, pero que ni el pensamiento ni el pronunciamiento de otros sobre los símbolos ni nuestra cultura nos obligan; que queremos la responsabilidad de gobernarnos en toda la extensión de esa expresión y que no tenemos miedo a hacernos cargo de nosotros mismos; que estaremos sólo con quienes nos quieran y respeten como somos; … Pero Andalucía no posee algo así y, entre desanimada y perezosa, se condena a sí misma a ser apéndice de un poder injusto y alienador.
Publicado el 8 de octubre de 2010 en el diario EL MUNDO HUELVA NOTICIAS en el espacio EL LABERINTO, mi columna semanal