domingo, 3 de enero de 2010

El nacionalismo necesario

El domingo 3 volví de Cataluña. Fui a pasar el año nuevo con mi familia de allí. Fue bonito, tranquilo y cercano. Ya había pasado aquí la navidad con mi hijo, con su madre y con mi ex familia política. También fue mi agradable y disfrutamos de momentos de mucho acercamiento. Como católico que soy, aunque crítico y heterodoxo, me da algo de pena que la natividad de Jesús vaya quedando en segundo plano y que sean aspectos más lúdicos y mundanos los que van tomando el protagonismo. Bueno, tampoco hay que enfadarse: es el signo de los tiempos y lo cierto es que la iglesia oficial tampoco hace los deberes para que las cosas sean de otro modo. Sobre la cuestión de la iglesia escribiré pronto pero, de momento, prefiero centrarme en la razón que me ha hecho nombrar a Cataluña al principio del artículo.

Cuando se visita el principado uno tiene la impresión de moverse en un país que tiene muchas cuestiones sobre su identidad perfectamente resueltas y que hechos que fuera de allí se perciben como un auténtico problema, allí no lo son. Hablamos de un pueblo tremendamente laborioso, y creo que éso es de común aceptación fuera de la comunidad. La gente allí está más preocupada por su cada día que por asuntos políticos que son más propios de la clase dirigente que de los ciudadanos de a pié. El común de los catalanes ejercen su catalanidad con total naturalidad y no como un ejercicio reivindicativo ni como un continuo agravio comparativo con otros territorios del Estado.

Está claro que Cataluña ha conseguido mucho respecto del autogobierno en el período democrático y que hoy en día es el país más desarrollado en ese sentido en el conjunto de España. Los catalanes saben -los catalanes de toda la vida, los llegado en el aluvión migratorio y los de segunda y tercera generación-, que mucho de lo obtenido ha sido gracias a los diferentes gobiernos nacionalistas -especialmente el largo período de Convergència i Unió-, pero también el de los gobiernos del tripartito. La verdad es que, haciendo excepción del Partido Popular de Cataluña (PPC) y de Ciutadans, todos los partidos del arco parlamentario catalán, en mayor o menor medida, son nacionalistas.

Andalucía es uno de los países más importantes del Estado español. Como en el Estatuto de Cataluña, aunque por razones diferentes, en el preámbulo de nuestro Estatuto también se dice que Andalucía es una nación. Es obvio que el atrevimiento del Estatuto catalán reformado es mucho mayor que el del andaluz y que esa realidad es una de las razones que en su día me animó a coordinar y dirigir la campaña por el no en Huelva capital durante la campañad el referédum por la reforma del Estatuto. La única formación que pidió el no en ese proceso fue el Partido Andalucista, así que, llamado por éste, decidí realizar el trabajo antes mencionado desde la total independencia.

Aún tomando en consideración estas circunstancias, Andalucía disfruta de un Estatuto que interpretado generosamente nos podría llevar a cotas de poder autónomo muy altas pero, lamentablemente, no tenemos ninguna formación con posibilidades de gobierno con voluntad de desarrollar el Estatuto en términos de máximo poder y de afirmación andaluza. Tanto PA como PSA son extraparlamentarios y en tendencia a la continua pérdida de votos y de efectivos electos que progresivamente van siendo fagotizados por el todopoderoso socialismo andaluz. PSOE y PP tienen una profunda ascendencia españolista que les priva de practicar una política diferenciada y diferenciadora en Andalucía. Andalucía es un granero de votos para el socialismo y sin embargo el país no se ve beneficiado por ello. Bien al contrario, la total seguridad de ganar elección tras elección en Andalucía sin necesidad de grandes inversiones ni de dar un trato especial a la comunidad autónoma, disuade a los gobiernos centrales de trabajar en favor de Andalucía. Para colmo de males, muchas de nuestras especificidades se encuentran desprestigiadas porque el centralismo las ha hecho suyas de cualquier manera y las ha consagrado como propias de la esencia de su idea de España, convirtiéndonos en una especie de servios del sur.

El nacionalismo es necesario porque Andalucía se encuentra bloqueada en su crecimiento a causa de los partidos centralistas, especialmente del PSOE, que se eterniza en el poder. Andalucía es ninguneada en sus derechos porque nadie levanta una voz diáfanamente andaluza que se enfrente a los intentos igualadores de los centralistas de aquí. Los hechos diferenciales y la idiosincrasia social e histórica de Andalucía sólo serán ponderadas cuando formaciones nacionalistas modernas y de nuevo cuño hagan irrupción en el panorama electoral y consigan poder de convocatoria y movilización. La cultura andaluza, manoseada y vulgarizada por el españolismo, sólo volverá a brillar con esplendor cuando administraciones nacionalistas las traten con el respeto debido lo que, por extensión, significa respeto al pueblo del que nace. La educación sólo acercará la realidad andaluza presente y pasada -historia, manifestaciones culturales exclusivas y propias, las realizaciones específicas del castellano en el país, el estudio profundo de las formas lingüísticas hoy perdidas, etc.-, cuando administraciones empeñadas en la recuperación de nuestras cosas realicen una política educativa de puesta en valor de lo andaluz sin complejos y sólo alcazarán su desarrollo y generalización desde la conciencia de necesidad andaluza por mejorar en todos los órdenes.






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