Europa ha afrontado muchas crisis y los pueblos de España también. Cuando el continente enfrentó la II Guerra Mundial, aquí un golpe de Estado ya había terminado en Guerra Civil y acabó con las libertades que la II República había traído. Aquel régimen equivocó el rumbo y provocó una reacción militar que nunca debió tener lugar pero, quienes junto con el desarrollo democrático quisieron hacer una revolución que a la larga acabaría con aquél, dieron pábulo a su perversa imitación, el fascismo y el golpismo.
También hoy enfrenta Europa una importante crisis interior y otra vez el Estado español vive inmerso, muy, muy dentro de ella. No es sólo la penosa situación económica, sino la pérdida de confianza interior que provoca la corrupción generalizada y una política territorial no claramente definida y con todas las posibilidades abiertas. Urge, en este momento, el inicio de una regeneración que quizás no será tan rápida como sería deseable, pero al menos debe comenzar. Fundamental es que el partido hoy en el poder central, el que ha ejercido casi hegemónica mente después de la transición, lo abandone y se regenere a sí mismo. A su vez, también es necesario que el PP haga su propio examen de conciencia y se comprometa plenamente con las libertades públicas. Cataluña tendrá que entender que este no es momento para el concierto económico y que tendrá que ralentizar el avances autonómico mientras continuemos en crisis. Las comunidades que no tienen un sentimiento nacional claro habrá de entender que su autonomía debe adelgazar y que tendrán que desaparecer las administraciones paralelas allí donde no suponen un plus de mejora en la gestión ni de racionalización del gasto. El papel de las Diputaciones debe ser cuestionado y dar lugar a su desaparición. El funcionariado tendrá que ser revisado e ir a la baja. Los sueldos políticos limitados, el número de asesores marcados por ley, etc. La cuestión constitucional está abierta: la mayoría de la ciudadanía pide cambios en varios sentidos y eso tendrá que ser oído. Quizás habrá que esperar a la desaparición del actual Jefe del Estado para que entre en cuestión monarquía o república, cuando la primera no tiene el menor sentido de ser. Como he escrito antes, el título octavo tendrá que ser retocado y dejar claro para qué nació en el 78, para aquellas comunidades que ya tuvieron estatuto aprobado durante la república y para Andalucía que se lo ganó ampliamente. Después tendrá que venir la cuestión federal o confederal y otras tantas que haga del español un Estado moderno y donde todo el mundo puedas sentirse cómodo en un régimen de libertades y de amplio control de las instituciones y de los políticos.
En cuanto a Andalucía, hablamos en otro momento
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