Cada agosto me resulta parecido. Pienso que la naturaleza se desintegra y que todo se convierte en un enorme erial, un todo polvoriento en el que es difícil moverse porque produce repelús (nunca soporté mis pies descalzos en superficies arenosas). Me retiro y quiero ser levedad, cosa inconsistente por volátil. Casi todo -todo en realidad-, me parece nada. Pertenezco a esa clase de personas que menguan en el estío y se agostan en el mes octavo lo cual, bien visto, es lo suyo. Nacido en julio pero hecho de maneras invernales, siempre más amables y elegantes, menos adocenadas –nunca ‘cosa de todos’-. Lo último tolerable es que lo vulgar sea además evidente y el verano se crece en eso.
Bajo la canícula, sólo de vez en cuando se asoma mi pensamiento a la realidad política chamuscada, humeante y de acre hedor. Aún no entro en materia, a no ser de viva voz. Vendrá el otoño, subirá mi tono vital y me dejaré llevar otra vez por la idea de que aparecerán soluciones. Después no quedará otra opción que defender, como un maniqueo, a unos frente a otros porque esos otros son los que más mintieron y porque su falta de hombría de bien les sitúa en las antípodas de mi pensamiento y extra muros de mi credo. Pero es agosto y porque no me sumerjo en el mar, prefiero hacerlo casi en nada, a espera de que acontezca algo mientras paseo las estancias olvidadas de grandes espejos. En ocasiones comprendo el temor de algunos a la intimidad de las velas y de las lunas; esas penumbras revelan grandes verdades en clarioscuros de escuela flamenca con pinceladas de Rembrandt. ¿Qué más se podría tener? Ah sí, para este crepúsculo ya casi noche me pido, en medio del salón de sillería monacal, la ‘Llama de amor’ y la cadencia de una voz cuyo origen no veo, pero que sé dónde se esconde.
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Se levanta y dirige al ayuntamiento de la ciudad. Es un asunto de índole menor. Cuando llega ve a la encargada de entregarle el certificado que no recibió en casa por la torpeza de otro que tan siquiera atinó a escribir correctamente la dirección. Sorprendido, el administrado exclama. “Pero ¿cómo? ¡Esto no es lo que pacté con el concejal! Entiendo que no debo quejarme a Vd.’ -dice dirigiéndose a la funcionaria-, `porque Vd. ni redacta las normas ni habló conmigo!” La joven mira comprensiva y explica al administrado que el funcionamiento es ése y no otro. “Sí, -se extiende el caballero-, pero ¿nadie entiende que si no se es flexible saldré muy perjudicado? Ante la queja del administrado, la administrativa encoge los hombros.
El administrado calla. Poco más puede hacer. Sale a la calle y recorre el camino polvoso hasta su casa. Calor fuera y brisa glacial dentro por el estupor ante las administraciones. “Estos serían capaces de embargarme la paciencia, o quizás la pobreza con la que vivo y brindo”. Y pensó: “si un golpe suave, seco y perseverante en el mismo punto puede llegar a quebrar una roca, ¿qué vigor no hay en la mano de cada uno de nosotros con sólo emplear la palabra verdadera sin cejar por un momento?” Y se conjura a empezar y no parar hasta ver vencido a quien quizás por omisión permite tales injusticias en su ciudad. Hecho a las decepciones, vuelve a los espejos, a los salones entre palaciegos y monacales que crea en sus adentros para tejer la maraña de luces, palabras y sombras que harán caer al gigante hecho de nada. Eso piensa. Quizás le escuchen.
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